Ármate de valor

Esta carta va dirigida para ti, mi en mente guerrero:

Guerrero de lucha última. Guerrero de lucha invisible. Guerrero de lucha tenaz.

Eres tú testigo de lo débil que es nuestra especie. Una especie tan capaz como vulnerable, tan poderosa como sobrevalorada. Con esta espontánea práctica quiero, tan solo, hacerte olvidar tu batalla durante el efímero tiempo que tardes en darle lectura a estas palabras. En consecuencia, el que tardes en tenerlo en mente, quizá para muchas horas, ese es mi propósito, que tan solo tú sabrás si he logrado con éxito.

Te está escribiendo un novato en la vida, un chaval riojano de 17 años, que estudia, en Madrid, su último curso para entrar en las filas de la que ahora es la más apreciada y heroica profesión, la de ser médico. Quiero ser uno más de los que cada día intenta, a pesar de las dificultades y de la desmesurada demanda, darte unos cuidados sanitarios dignos para fulminar al maldito bicho de las trompetas. Para dar vida. Para estar junto a ti.

No quisiera darte yo lecciones de vida, quizá tenga que aprender de ti cuando salgas de esas apocalípticas estancias frías y agobiantes. Sin embargo, debes saber que, aunque apenas veas a nadie a tu redonda, cuarenta y siete millones de personas, pese a algún inconsciente, intentamos ser vuestros protectores y escuderos. No estás solo. Somos todos en nuestra potencia colectiva quienes estamos cambiando nuestros roles y hábitos por ti.

Tú, ya tengas 72 o 71 años como mis abuelos, o 45 años como mi madre, eres la cura emocional de ellos, de mí, de todos. Eres el fiel reflejo existencial de que ningún pedernal es lo suficiente notable como para dar fin al mayor tesoro, la vida. Pese a este intento de levantarte la moral, estas palabras son tan vacías como mi alma, cuando aquel tesoro no logra darle caza a la enfermedad y a la muerte. No tiene sentido. Nada tiene sentido. ¡Qué voy a saber yo! Estoy siendo fingido. Sé que hay gente muriendo, lo sé. Quizá tu vecino de habitación o de UCI haya dejado de ser, al menos aquí en la tierra.

Ningún tipo de léxico, ningún tipo de visita epistolar va a lograr que olvides a los mayores y no tan mayores que se van. Pero he de decirte, que sería un fracaso por mi parte que lo hicieras. Son los caídos y los que, sin remedio alguno, caerán, los dignos de las lágrimas, los dignos del recuerdo. Es una alegoría sustancial que ellos sean motivo de odas y plegarias. Es una necesidad solidaria. Tan solidaria como nuestra sociedad. Y la muerte no es sino el final de lo mundano, el comienzo de la esperanza y el resurgir de la libertad.

Ármate de valor. Tus hijos, tus padres, tus hermanos, tus amigos te esperan. Yo te espero. Te esperamos eso sí, con unos amplias barrigotas, con los pocos pelos que el estrés nos respetó, enmascarillados y con una cultura televisiva sorprendente. Saldrás, saldremos y nos volveremos a abrazar y a tocar con las manos ásperas de tantos viajes a la pila del baño. Los niños se volverán a sus clases con una extravagante anécdota que contar. Todos habremos aprendido el valor de la solidaridad. Y si por fortuna, los políticos aprender la valía de esa, tan nuestra, sanidad pública, que es hogar de todos esos héroes de capa blanca y fonendo al cuello, habremos logrado una victoria inmensa. La victoria que TÚ hiciste posible.

Un “abrazo” tan enorme como tu coraje y mucho ánimo. Yo te cubro.

Juan Enrique A. Velasco “Ioannem”

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