No sé; no lo veo claro

Por don Norberto del Castillo


No sé; no lo veo claro.

Como siempre, enfrentarse a un papel en blanco y comenzar a escribir, es tarea ardua y compleja, reservada –seguro- a los Maestros.

Pero henos aquí, viviendo días de tremenda agitación –agitación de puertas para adentro, desde luego-. Días de gran amargura para lo que podríamos denominar como “el conjunto de la Humanidad”.

Se supone, o por lo menos parece ser la moda hoy, que este tipo de acontecimientos suelen traer aparejadas grandes reflexiones, grandes búsquedas de paz interior, grandes preguntas que uno se hace mientras se levanta todas las mañanas. En definitiva, son acontecimientos que, al menos superficialmente, hacen volver la mirada del ser humano hacia el ser humano.

No obstante, no lo sé y no lo veo claro.

Como todo aquello que merezca la pena decirse, en conversación o por escrito, muy posiblemente ya lo hayan dicho y escrito Otros.

Ítalo Calvino atajó el problema de raíz, con mucho acierto, cuando decidió echar la vista atrás y tituló así uno de sus ensayos: Por qué leer a los clásicos.

Y no sé qué pensarán ustedes, pero a mí me resulta cómico que tengamos que hacer un esfuerzo titánico, nosotros, los humanos, para mirar hacia atrás. Plantearnos éste sencillo gesto, como un reto inalcanzable, se me antoja algo que roza lo absurdo. Creo que debería salirnos como algo natural, como un acto reflejo, como un acto cotidiano.

Entonces, ¿qué ha pasado? O, mejor dicho, ¿qué nos ha pasado? ¿Nos hemos obsesionado tanto con nuestro futuro que, el presente, y no digamos el pasado, nos importa entre nada y menos nada?

Por eso mismo, y ante tales preguntas, yo me lavo las manos y, sin remordimiento alguno, me limitaré a citar -simple y llanamente- a Uno de los más grandes.

Me autoinvito a la fiesta que preparó Calvino y pretendo que sea Platón (el Maestro) quién nos guíe, aunque sea de forma fugaz, por el sendero de esta añusgada introspección. Y lo vamos a hacer caminando de la mano de su Carta VII.

Vaya por delante que un servidor no está libre de pecado. Me he quedado sorprendido del olvido tan fortuito –o quizás no tanto- en el que yo mismo había incurrido cuando, por azares del destino, he parado el día un momento, leyendo de nuevo -durante una placentera hora-, los pensamientos del ateniense.

Por lo tanto, no me importa arriesgar el todo por el todo declarando, con el hacha de guerra en la mano, que este Escrito de Platón es uno de los mejores documentos que empapelan toda la Historia de la Humanidad.

Creo que, con tan sólo seccionar y copiar unas pocas frases de esta Carta VII, el asunto que nos traemos entre tramoyas quedaría resuelto –o no-.

No lo sé; no lo veo claro.

Pido disculpas de antemano, inclino la cabeza para que el Maestro no tenga en cuenta mi tropelía y emplazo al lector a que no escatime esfuerzos –si no lo ha hecho ya- en redimirse de su error leyendo semejante Monumento a la verdadera Inteligencia.

Pienso que, con este sencillo gesto, todos solucionaríamos gran parte de nuestros problemas, dicho sea con la mayor de las delicadezas.

Y el extracto reza de la siguiente manera:

“(…)

Consiste en hacerles ver –prosigue explicando Platón[1]– qué gran cosa es la Filosofía, qué trabajos exige y qué disgustos proporciona. Desde luego se advierte que el que ama verdaderamente la Filosofía y es digno de dedicarse a ella, es decir, que tiene un alma divina, encuentra admirable el camino que se le señala, juzga que es preciso marchar por él, y que cualquiera otro género de vida es despreciable”.

Con lo que hasta aquí se ha leído sería más que suficiente para no continuar la Carta que nos escribe el Maestro. Todo ha quedado dicho.

Pero lo cierto es que, si nos detuviéramos en este punto, estaríamos desperdiciando un manjar absoluto.

Así que continuaremos repasando:

“(…)

Un hombre de esta condición, animado por este espíritu, cualesquiera que sean las circunstancias, vive y se gobierna en todas las cosas según los principios de la Filosofía, y se entrega habitualmente al régimen más propio para ejercitar sus facultades, desenvolver su memoria y hacerse hábil en el razonamiento. Toda otra manera de obrar le repugna y se abstiene constantemente de ella. Pero los que no son verdaderamente filósofos, que sólo tienen la tintura de las opiniones, semejantes a los que tienen el cuerpo quemado por el sol, al ver la multitud de conocimientos que la filosofía encierra, el trabajo que exige, el orden, el régimen, la discreción que prescribe, creen que semejante estudio es muy difícil, que es imposible, y no tienen valor para hacer el primer esfuerzo. Algunos están persuadidos de que saben cuánto hay que saber, y que no necesitan saber más”.

Y sentenciando, concluye de esta manera Platón:

“He aquí la prueba más clara y más segura para juzgar a los hombres entregados a la molicie e incapaces de resistir el trabajo; hombres de este jaez no deben acusar al maestro sino a sí mismos, si son impotentes para hacer lo que exige la empresa que intentan”.

Creo que con semejantes aseveraciones deberíamos inclinar de nuevo la cabeza y asumir que somos, más bien, muy poca cosa.

Pero, no sé; no lo veo claro.

Pienso que nos hemos creído inmortales y ha sido esa aparente inmortalidad la que nos ha alejado de la tarea divina a la que estamos llamados.

Pienso que nos hemos descuidado demasiado al no atender lo que la Filosofía nos pide, lo que la Filosofía nos regala, lo que la Filosofía nos exige y lo que la Filosofía nos hace.

Pienso que nos hemos destruido, lentamente; como el mismo fuego va consumiendo las brasas de una hoguera, como una enfermedad que no se ve pero que avanza sin control, como el sol que nos calcina sin avisar.

Aunque no sé; no lo veo claro.

¿Cómo pretendemos recuperarnos de lo que se nos ha venido encima, si todavía no somos capaces de mirar hacia el pasado y buscar explicaciones en Aquellos que ya sufrieron antes que nosotros?

¿Somos tan abyectos que nos creemos por encima de Ellos? ¿Somos tan obtusos que sólo nos vamos a conformar con mirar hacia delante?

En fin, no sé; no lo veo claro.

Aunque, si lo medito brevemente, me sale responder a las preguntas así, sin anestesia. Y aún a riesgo de saberme incurriendo en el tópico. Pero da igual:

-¡Para avanzar, primero, hay que saber qué somos, de dónde venimos, qué pensaron Otros antes que nosotros y qué nos cabe esperar!

No veo nada claro por qué tanta obsesión con esperar a algo que va a llegar –seguro, o no-. Por qué tanto desprecio por lo que Otros ya experimentaron y reflexionaron desde los inicios del Hombre.

No sé; debe ser que estamos muy por encima de Ellos, o por lo menos, debe ser que algunos lo están, y yo no he sabido verlo.

Pero me niego; me sigo negando a pensar que esto esté ocurriendo. Por eso yo vuelvo a pedir, vuelvo a invitar, vuelvo a suplicar, vuelvo a reclamar, vuelvo a solicitar, que miremos hacia atrás; que revisemos los escritos de los Antiguos, que afrontemos con valentía lo que nos enseñaron.

La auténtica inteligencia pasa, sin duda, por asumir la ignorancia propia. Cuanto antes aceptemos nuestra pequeñez intelectual, nuestra pueril sapiencia y nuestra ridícula apariencia de conocimiento, antes caeremos en la cuenta de que necesitamos buscar respuestas. Antes reconoceremos que necesitamos volver a andar algunos caminos; antes nos rendiremos a la evidencia de que anhelamos, al fin y al cabo, dejarnos alumbrar por la luz de los Maestros.

Pero, la verdad, no lo sé; no lo veo nada claro.


[1] Aclaración artificial del autor de este texto.

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